¡Allá por el mamut!

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Allá por el mamut!

Dentro de un paréntesis abierto hace 18 meses, seguimos «pasilleando» en los márgenes de una «geografía incierta», a menudo desdibujada por nuestra propia mirada, y el paso errático del tiempo, más que por otra cosa. 

Es el caso del pueblo de Padul (popularmente conocido como «El Padul» = Paludem = «charco»), cruzado por la antigua N-323, a unos 15 km al sur de Granada. 

Cuántas veces lo hemos pisado, solo para ir a visitar a nuestras amigas de , Paca y Toñi, cuando no lo hemos dejado de lado millares de veces, sin mirarlo, huyendo a la Costa… ¡Toda una vida!

Encaramado en la vertiente occidental del Parque Natural de Sierra Nevada, y primer peldaño (740 m/alt.) hacia el Valle de Lecrín al bajar del Puerto del Suspiró del Moro, Padul (+8000 hts) finge estar dormido y aburrido, pero «el cantar asiduo de sus canteras» y «el va y ven» de sus camiones cargados de ladrillos lo delatan. 

Aquí se labra, se excava, se transforma y no paran ahora con el regreso de la vorágine constructora! Se divertirán, digo yo! Y anda que la siesta!!! Así, con la pinta del que no quiere, el municipio abarca también riquezas de «altas cunas» como son los yacimientos arqueológicos romanos y los vestigios paleontológicos, cuyas piezas se exponen en el Parque de las Ciencias de Granada

Porque el verdadero tesoro de la población es, de una cierta manera un «espejismo», cubriendo literalmente todo el espectro de la palabra: la extensa y extraña laguna pluvio-nival de altitud, que la ciñe y la destiñe, a lo largo de todo el año, en un fascinante juego de vasos comunicantes llenando y vaciando la cuenca, de luces y sombras en el que la villa se mira constantemente. 

Llevaron siglos (XVIII) secándola para explotar sus humedales y turbas antes de devolverle, solo una parte (60 de los hasta 300ha) de su «innata y fabulosa naturaleza», que hoy en día goza de protección pública por su diversidad y gran interés ecológico… 

Ha sido seguramente la Paduleña más «granaína»: Toñi, quién «se retiró» en una bonita torreta hace años, en el área de la acequia alta, nuestra anfitriona con  su perra «Luna», para guiarnos hasta el famoso «mamut»… 

Si uno quiere hacerlo con todos los «cuentos» en su favor, y no como nosotros, siempre a destiempo, que lo hagan en otoño y primavera cuando alcanzando la laguna su máxima extensión, la animan miles de pájaros maravillosos. 

La ruta que la rodea enterita, desde el centro del pueblo, es fácil y asequible a tod@s (8km). En su parte oriental, discurre en una agradable vereda sombreada y envolvente, salpicada de puntos de curiosidad como los miradores, las áreas anfibias y los refrescantes túneles oscuros de carrizales. Los entramados de tarajales y sauces están realzados por las «aracnoideas» higueras «del deseo»… Por fin, a la vera de temblorosos revoltones y pinos rojos silvestres, se nos apareció el Rey de la laguna, el mamut lanero y su séquito de otros tiempos. 

En un claro de la vegetación palustre, un frágil remanso de paz, descansaba también una familia, con sonoros coros de ranas de fondo. Del otro lado del charco, prosperan cortijos y fincas que, quizás, es más divertido cruzar a lomo de caballo

Alrededor, encontramos varios picaderos reconocidos. Puede que las sendas terminen donde empezaron. Nosotr@s decidimos que la vuelta fuera entretenida de placeres gustativos sino hidratantes, visto la hora que era y el calor que hacía. 

Primera parada en un chiringuito pegado a la antigua ruta nacional. Nos sirvieron unas merecidas cervezas fresquitas acompañadas de ricos filetillos de «bacalaïas» fritas. Un gustazo que repetimos pero el segundo fue un pelín más amargo por llevar el tabernero que nos atendió una camiseta con un estampado del águila franquista «preconstitucional», como lo llaman los españoles. 

A Jose, muy detallista normalmente, no le hizo mucha gracia no percartarse de primeras del «aguilucho lagunero»… Yo, la verdad, me había fijado más, en el cuerpo raro del tío, bastante joven: boca torva  anticipando la «malafollá», hombros hundidos, caderas muy anchas y pasos arrastrados, con el «orgulloso de ser español» impreso en letras gordas, en la espalda… Pero tampoco me había llamado especialmente la atención. Estaré ya «vacunado», contra este tipo de cosas, o estaba ya lo bastante «piripi», si no alegre para no querer alterarme más…

Bueno, luego tiramos a otro garito, esta vez para almorzar (muy bien) antes de terminar panzud@s y tan felices en la piscina de Toñi.

Y la tarde se estiró entre risas y gratas conversaciones.

Eric Gourg

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